Fácil hará ya diez años, cuando pregunté por primera vez a mi hermano:

  • Oye, ahora que nos va bien tu ¿Qué quieres hacer? – y no me supo responder.

Lo peor es que yo tampoco me supe responder. Y era una pregunta que me hacía cada día.

Por aquel entonces la empresa de traducciones que tengo a medias con él iba razonablemente bien, nos permitía vivir y algunos meses, cada vez más, me permitía no pensar en el mes siguiente y en si íbamos a poder pagar a la gente o no.

El tema es que yo no estaba satisfecho. Pensaba que la vida era más que eso.

Cuando estábamos sobreviviendo era “más fácil”, el objetivo era que no nos cortasen la luz, o poder ir a la compra, o incluso a veces poder darnos un capricho, todo muy en el corto plazo.

La frase que más se oía en casa era “cuando tengamos dinero…” y la terminábamos con algo que nos apetecía hacer pero que no teníamos dinero para hacerlo.

No fue una mala época, quitada la tensión constante, el no poder coger el teléfono y el no saber si cuando llamaban al timbre de la puerta iba a ser alguien a quien debíamos dinero que venía a cobrar con mejores o peores modos.

El caso es que por aquel entonces las cosas eran más sencillas y la zona de confort era estar incómodo en casa, y como a toda zona de confort uno se acostumbra.

El problema vino cuando salimos de la zona de supervivencia y pude empezar a pensar no solo en lo que “tenía que hacer por cojones” si no en lo que me apetecería hacer e incluso en lo que me apetecía hacer en ese momento.

Mi sorpresa llegó cuando me di cuenta de que no sabía qué me apetecía, llevaba tanto tiempo haciendo lo que “tenía que hacer” que se me había olvidado lo que me “apetecía” hacer, lo que me permitía disfrutar la vida.

Fue un momento de desazón importante.

¿Qué quiero hacer?

Puedo hacer, básicamente, lo que me de la gana, pero ¿el qué?

¿Viajar?

¿Cogerme un año de vacaciones? Pero para qué y además no te vuelvas loco que pueden volver a venir mal dadas y tienes que ahorrar.

Así que el tiempo siguió pasando, siguió pasando y yo seguía sin saber lo que me hacia feliz.

Tenía claro que esa vida de trabajo, trabajo, tele, trabajo, tele, tele, trabajo, salir a tomar algo, tele, trabajo, tele… no me complacía, pero estaba felizmente metido en mi zona de confort (que de forma contra intuitiva no es la zona donde te sientes cómodo necesariamente, puede ser simplemente una zona en la que te has acostumbrado a estar, como me pasaba a mi).

Así que inconsciente o intuitivamente empecé a buscar cosas que me gustaban: hice cursos (de memorización, de defensa personal, de idiomas… mil), empecé a conocer gente nueva, a ir a actividades que no solía ir, a hacer esto y lo otro y lo de más allá, pensando que había UNA GRAN COSA que me iba a hacer feliz.

ALGO que iba a hacer que disfrutase de la vida.

Pero no era así. No hay un gran algo único que te permite disfrutar la vida. Igual que no suele haber un gran algo único que te la jode o que hace que estés supertriste por las esquinas.

Aunque sí que haya cosas que te hacen ser feliz en ese momento o infeliz en ese momento pero realmente hay muy pocas que afectan a la totalidad y ninguna que afecta permanentemente.

Eso os lo cuento en el post que viene donde veremos cómo ser feliz, paso a paso, y que nos está parando para ser feliz.

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